Carlos Ciro nació en Medellín el ducentesimovigesimoprimer día de 1974; un viernes nublado hacia las 11:15 h. de la mañana, después de diez meses de amena gestación en el vientre de su paciente madre. El firmamento de su primera noche exhibió una luna gibada menguante (iluminada en un 69,34% de su superficie visible) que cruzaba la constelación de Aries. Habida cuenta de su desarrollo posterior, es dable pensar que buena parte de ese primer día se haya resistido con llanto al cambio de hábitat. Su familia, numerosísima para los cánones actuales, estaba conformada, además de por su madre, Luz Rocío y su padre, Alcides de la Cruz, por cinco hermanas (Marta María, Fabiola Inés, Beatriz Elena, Lucila y Ángela María) y dos hermanos (Jorge Alberto y José Manuel). La casa de la familia ubicada sobre Ecuador (topónimo de la Carrera 48) era habitada también por el ruido –entonces moderado– de esta vía arterial que en la sociedad ultra-católica de entonces conducía las procesiones sacras entre la Iglesia del Señor de las Misericordias de Manrique y la Catedral Basílica Metropolitana de la Inmaculada Concepción de María en el Parque Bolívar, y por los ocasionales ladridos roncos de “Capitán” un pastor belga, tal vez de una casa vecina, sobre cuyo lomo fuera montado el niño para algunas fotos en su primer año de vida.
Los primeros recuerdos reales (o creados por la ferviente imaginación juvenil tardía de quien esto escribe) corresponden al patrón de colores en el piso de las habitaciones principales de la casa. Las baldosas medianas de triples franjas de colores ocre y marrón intercalados que hoy se figura como una metáfora de la discontinuidad del mundo interior que contrasta con la continuidad del mundo exterior representada por las baldosas grandes y verdes del corredor de la casa con sus franjas blancas que las agrupan en cuadros mayores y contiguos como la extraña parcelación cuadrangular de un mar verde e infinito definida con vallas flotantes que siempre se podrá saltar o cruzar sumergiéndose. La geometría de estos pisos, sin duda, causó en él una particular tendencia a agrupar su pensamiento en pequeños rebaños de ideas con fronteras traslúcidas que terminan entremezclándose y reconociendo, en sí mismas, la uniformidad con sus vecinas, sus idénticas factura y materia.
Habiendo nacido en una ciudad sembrada de iglesias y atestada de fieles creyentes, estudió en un colegio de extracción jesuita (interprétese tan ampliamente como se quiera el término extracción) y trasegó desde temprana edad el difícil camino que conduce de la “predestinación” impuesta al “libre” pensamiento elegido.
Desde antes de los cuatro años, después de haber escuchado las lecturas de Marta casi todos los días los años anteriores y merced a los esfuerzos vacacionales de su hermana Beatriz, Carlos Andrés –como le llaman sus hermanas– se ha empecinado en aprender a leer y esribir intentando todos los medios y métodos que se han cruzado en su camino. En este proceso, llegó a creer que el secreto del asunto debía residir en los mismos átomos de los que estaban compuestos su cuerpo y su entorno y, luego de estudiar tanto como pudo sobre ellos y ver cómo se poblaba de conceptos el inmenso vacío que en ellos habita, desistió de seguir buscando allí su camino pero se quedó divagando entre átomos de tinta y papel, empecinado en encontrar otra senda… Ese deambular lo ha llevado en una larga espiral que atraviesa de cuando en cuando fronteras de las matemáticas, la física, la filosofía y la literatura y que pareciera converger, alguna vez, en el material íntimo de todas y de las ideas que las fundamentan: el lenguaje.
Carlos Ciro está convencido de la imposibilidad de las ideas que hacen posibile pensar o imaginar el mundo (o los mundos) en ausencia de lenguaje; y, en consecuencia, lo está también de la imposibilidad de habitar el mundo de otra manera que leyéndolo a través de esas ideas. No es otra la raíz de su empecinamiento en aprender a leer.
Con lo poco que va aprehendiendo en ese viaje vertiginoso, Carlos Ciro, ocasionalmente, hace cosas suyas clasificables (para mejor colección) entre la informática y la literatura que dejan sus huellas irregulares en espacios “virtuales” como este. Desde comienzos de los años noventa decidió acompañar su tránsito con la vida y obras de Fernando Pessoa y en consecuencia ha echado mano de todo lo relativo a ellas que ha pasado frente a él desde entonces y ha encontrado algunas personas con quiénes compartir esta particular devoción que se ha expandido virtualmente en espacios como sus “blog” dedicados a Pessoa: -Pessoas de Pessoa- ; -Pessoateca-, los grupos de discusión asociados a ellos y la página en Facebook para Fernando Antonio Nogueira Pessoa.
Carlos Ciro ha conducido al paroxismo sus inmersiones lúdicas y juega a jugar que considera un juego el juego que juegue sin importar qué esté en juego; y aunque no sólo adopta esta actitud para los juegos, sí prefiere entre ellos al igo (go, baduk, weiqi), el scrabble y los diversos ajedreces (ajedrez, shogi, xiangqi).
Cuando el vino o el sino así lo dictan, disfruta acompañar sus noches sibaríticas con sonidos del buen rock clásico, el cool jazz y los tangos o fados que se enreden, sedosos, en las azulosas nubes del humo de su pipa o se deslicen, inermes, imperceptibles, entre las viandas y bebidas.
No exento del estrés cotidiano del mundo moderno, Carlos Ciro se regocija en la preparación inspirada y la degustación voraz (valga el oxímoron) de platillos diversos, habiendo logrado, a fuerza de afición, testarudez y hambre, una cierta empatía con los cuchillos y tablas de cortar y alguna complicidad con ollas y sartenes. Se considera a sí mismo omnívoro aunque, sabiéndose en la cima de la cadena alimenticia, prefiera siempre las carnes sobre los vegetales.
Carlos Ciro ha tenido suerte al encontrar para su vida compañías inmejorables con quienes ha entramado profusos hilos de amistad; ha enlazado su vida con la de Angélica Monsalve y es padre de Manuel, quienes pueblan su vida de sentidos y hermosas alegrías.
A Carlos Ciro le gusta describirse en tercera persona y flagelarse después por no haber tenido mejores palabras para expresar lo poco que sabe de sí mismo; le gusta utilizar el hipérbaton cual si en latín se expresase, y está definitiva y terminalmente enfermo de palabras. Las palabras se le agolpan en las puntas de los dedos (pues habla más a través suyo que de sus labios) apretujándose por salir, frenéticas, hacia las teclas que habrán de convertirlas en fotones buscando el favor de unos ojos que los acojan como a peces el agua, pero siempre lamentándose por su falta de hilación, por la falta de voluntad en las manos que las gobiernan para dirigirlas, para conducirlas por un camino seguro y sin tropiezos hasta ese centro que intuyen en el vasto vértigo que gira en torno a la absoluta nada, el sustrato del mundo que es su reflejo pasajero en la infinitesimal inmensidad (y valga, una vez más, el oxímoron).